Gustavo Adolfo Bécquer

Gustavo Adolfo Bécquer (Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida) fue un destacado poeta español de la época final del Romanticismo del siglo XIX, cuyos versos aún hoy siguen vivos conmoviendo y expresando belleza con su carácter intimista y romántico. Su sencillez expresiva estuvo muy lejos de la vehemencia retórica del romanticismo, gozando de la preferencia de millones de lectores.

Gustavo Adolfo Bécquer es un poeta popular de todos los tiempos, a pesar de que su reconocimiento cobró vida cuando muchas de sus obras salieron a la luz luego de su muerte. Muchos críticos lo consideran un romántico tardío, por lo que lo asocian con el movimiento del postromanticismo, pero todos coinciden en que fue también pionero en España de la poesía contemporánea.

Huérfano a los cinco años

Nacido en Sevilla, Gustavo Adolfo Bécquer provenía de una familia de comerciantes de la nobleza. Era el hijo de un pintor célebre del costumbrismo español (José Domínguez Bécquer) quien lo dejó huérfano a la edad de cinco años. Esa situación hizo que el niño fuera internado en un colegio que alojaba a huérfanos de personas de la nobleza que se quedaron sin recursos.

Mientras realizaba sus primeros estudios en el Colegio San Antonio Abad, a los nueve años fallece su madre (Joaquina Bastida de Vargas) razón por la cual lo adopta su tío, Juan de Vargas, junto a su hermano mayor, Valeriano, con quien tenía una entrañable relación.

A la edad de diez años Gustavo Adolfo Bécquer comenzó a estudiar la carrera de náutica en la ciudad de Sevilla, en el Colegio de San Telmo. Pero vio frustrada su vocación cuando el colegio debió cerrar sus puertas, por lo que pasó a vivir bajo el cuidado de Manuela Monahay, su madrina, con quien tuvo un buen pasar en el que estudió latín y pintura. Dicha madrina tenía una biblioteca muy copiosa que inició al niño en la lectura y en su vocación por las letras.

Tanto Gustavo como Valeriano tenían grandes habilidades con el dibujo por influencias de su padre, quien los abandonó en su vocación pictórica en ocasión de su muerte temprana. Sin embargo, Valeriano se dedicó posteriormente a la pintura, firmando sus obras con el mismo apellido paterno.

Adolescencia y letras

A pesar de la buena vida que le brindaba su madrina en Sevilla, donde estudiaba humanidades y pintura, cuando Gustavo Adolfo Bécquer cumplió los diecisiete años decidió dejar la casa para irse a vivir a Madrid. Buscando ganarse la vida en el campo de las letras, comenzó a estudiar la carrera literaria.

Tuvo su primer fracaso al escribir “Historia de los templos de España”, obra de la que sólo logró la publicación de un primer tomo. Tuvo que dedicarse al periodismo para poder vivir, como así también a la adaptación de obras de teatro extranjero, en especial del francés.

Gustavo Adolfo Bécquer no encontró éxito viviendo de la literatura, por lo que se ganaba la vida escribiendo artículos, traduciendo novelas o adaptando obras de teatro extranjeras. Su hermano Valeriano, junto a él, dibujaba y pintaba, también con escasos recursos y una vida modesta.

En 1862, cuando Gustavo Adolfo Bécquer y Valeriano se mudaron a vivir juntos, lograron una modesta estabilidad y estrecharon una relación que era mucho más que parental y sanguínea. Valeriano fue quien pintó el retrato del poeta que se hizo famoso y se conoce aún en la actualidad.

Su labor periodístico literaria

Los artículos literarios tenían muy poca demanda, razón por la que alternaba la actividad con las pinturas al fresco, para lo cual tenía gran habilidad. En el periódico “El contemporáneo” consiguió un puesto en la redacción, lugar desde el que escribió las “Cartas desde mi celda”, las “Cartas literarias a una mujer” (relacionadas con el amor no correspondido) y la mayoría de sus leyendas. También escribió para los periódicos El Porvenir, El Museo Universal, La Ilustración de Madrid, La Iberia, La España artística y literaria.

También era escribiente de la Dirección de Bienes Nacionales, trabajo en el que quedó cesante cuando el director lo descubrió haciendo dibujos de las escenas de Shakespeare (con la admiración que causaban en sus compañeros sus habilidades para el dibujo).

La vida sentimental de Gustavo Adolfo Bécquer

En 1858 cuando sólo tenía 22 años estuvo en Sevilla. Gustavo Adolfo Bécquer debió permanecer en cama por una enfermedad que se cree que fue tuberculosis (aunque algunos críticos afirman que fue sífilis), y que afectó hasta el final de la vida su salud. Como siempre, su hermano Valeriano estuvo a su lado cuidándolo en la convalescencia, durante la que Gustavo escribió la primera leyenda llamada “El caudillo de las manos rojas”.

En esa oportunidad conoció a la mujer que fue la inspiradora de muchas de sus rimas, Julia Espín, con la que tuvo un amor no correspondido. Julia era una cantante de ópera que veía en menos la vida bohemia del poeta, por lo que sólo le devolvió rechazo e indiferencia. Ese amor imposible, como otras frustraciones sentimentales, inspiraron por ejemplo, poemas como éstos:

Rima XVII

Hoy la tierra y los cielos me sonríen ;
hoy llega al fondo de mi alma el sol;
hoy la he visto… la he visto y me ha mirado.
¡Hoy creo en Dios!

Rima XLVIII

Como se arranca el hierro de una herida
su amor de las entrañas me arranqué
¡aunque sentí al hacerlo que la vida
me arrancaba con él!

Del altar que le alcé en el alma mía
la voluntad su imagen arrojó,
y la luz de la fe que en ella ardía
ante el ara desierta se apagó.

Rima XLIX

Alguna la vez la encuentro por el mundo
y pasa junto a mí;
y pasa sonriéndose, y yo digo:
“cómo puede reír”.

Luego asoma a mi labio otra sonrisa
máscara del dolor
y entonces pienso: “acaso ella se ríe
como me río yo”.

Rima XLI

Tú eras el huracán, y yo la alta
torre que desafía su poder:
¡tenías que estrellarte, o abatirme!
¡no pudo ser!

Tú eras el océano, y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén:
¡tenías que romperte o que arrancarme!
¡no pudo ser!

Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados
uno a arrollar, el otro a no ceder;
la senda estrecha, inevitable el choque…
¡no pudo ser!

Sin embargo, muchos críticos sostienen que no fue Julia Espin quien motivó la belleza de los románticos versos del poeta, sino que la verdadera musa inspiradora de Gustavo Adolfo Bécquer fue Elisa Guillén, de quien estuvo ciegamente enamorado y la cual inspiró muchas de sus más amargas composiciones, una de ellas llamada A Elisa. Elisa Guillén era una mujer de clase alta quien en 1860 abandonó al poeta luego de mantener una relación clandestina, ya que era una mujer casada.

Rima XXX

Asomaba a sus ojos una lágrima
a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo, y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.

Yo voy por un camino, ella por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor
yo digo aún: “¿por qué no hablé aquel día?”
y ella dirá: “¿por qué no lloré yo?

Un matrimonio infeliz

En 1861, cuando Gustavo Adolfo Bécquer tenía 22 años de edad, contrajo matrimonio y tuvo tres hijos con Casta Esteban, con quien no fue feliz. Casta era la hija del médico que había tratado la grave enfermedad que padecía, a quien había conocido durante su convalecencia, cuando Casta tenía 16 años. Según sus propias palabras, “era agraciada, pero no había nada extraordinario en ella”.

Su casamiento, que fue irreflexivo y carente de amor, se trató de otro de sus fracasos amorosos, situación que le llevó a escribir los más apasionados versos. Siempre sus letras están teñidas del dolor y la melancolía del amor que no pudo ser, del arrebato apasionado y de la angustia desesperada de sus sentimientos.

Luego de la infidelidad de su esposa con un asesino y maleante con quien tuvo un hijo (que oficialmente pasó por el tercer hijo del poeta), el matrimonio se separó luego de siete años de convivencia, y Gustavo Adolfo Bécquer se fue a vivir nuevamente con su hermano Valeriano a Toledo.

El legado de su obra literaria

El carácter melancólico de su vida tormentosa quedó plasmado en sus famosas “Rimas”. Sus temas predilectos eran el exotismo, el amor, la magia, la soledad, la miseria, temas entroncados con el romanticismo pero sin el exagerado sentimentalismo de la época. No le importan los paisajes y sus descripciones (salvo en las leyendas) sino el alma del propio autor, sobre la que escribe.

En el género de las leyendas también tuvo producción literaria: “Los ojos verdes”, “La rosa de pasión”, “Las hojas secas”, “Maese Perez el organista”, entre otras. Entre sus ensayos y esbozos escribió: “Un drama”, “La noche de difuntos”, “La mujer de piedra”, “El aderezo de esmeraldas”. También hizo descripciones y escribió dentro del costumbrismo español “Los dos compadres”, “La semana santa en Toledo”, “Las jugadoras”, “El café de fornos”, “La basílica de santa leocadia”, “El solar de la casa del Cid”, “El enterramiento de Garcilaso de la Vega”, entre tantos otros.

Influencia del lirismo alemán

La belleza, sencillez formal y musicalidad de los versos de Gustavo Adolfo Bécquer son una consecuencia directa de su pasión por la lírica alemana, en especial la de Heine, cuyas traducciones habían realizado dos de sus amigos, Eulogio Sanz y Augusto Ferrán.

El carácter intimista, la síntesis métrica, la falta de artificios retóricos y el contenido afectivo son herencia directa de Heine. La poesía era para Gustavo Adolfo Bécquer un vehículo para comunicar lo ideal y lo inefable, por eso rechazaba la retórica ampulosa de los poetas románticos de su tiempo porque quería que los versos fueran la expresión y la memoria de sus sentidos, y tuvieran la forma del contenido.

Si bien fue magnífica la prosa de Gustavo Adolfo Bécquer, alcanzó la fama por sus versos. Nunca trató de dejar moralejas ni enseñanzas morales, tampoco estaba atado a la lógica sino que dejaba fluir sus sentimientos y su imaginación como lo hacen típicamente los autores románticos.

Si bien muchos críticos contemporáneos no sólo no apreciaron sino que subestimaron la obra de Gustavo Adolfo Bécquer llamando “suspirillos germánicos” a sus Rimas, es innegable la notable influencia que su poesía subjetiva ejerció sobre autores del siglo XX como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Rafael Alberti, Pedro Salinas y Luis Cernuda. Y otros prestigiosos autores como Miguel de Unamuno, Federico García Lorca, Manuel Machado, entre otros, le dieron su reconocimiento.

Una muerte inesperada a los 34 años

En el año 1870, en el mes de septiembre, Valeriano dejó de existir. En ese tiempo, Gustavo Adolfo Bécquer había sido designado Director del periódico La Ilustración de Madrid, puesto que por muy poco tiempo pudo desempeñar. La muerte de Valeriano fue un golpe muy duro para su hermano, que le ocasionó (casi sin sintomatología) una neumonía.

La enfermedad en muy poco tiempo se convirtió en hepatitis, y ésta luego en pericarditis, causando así la muerte de Gustavo Adolfo Bécquer el 22 de diciembre del mismo año 1870. Se dice que la causa de su muerte fue la “enfermedad romántica”, la tuberculosis, que había afectado su salud durante toda su vida.

No son pocos los enamorados que, aún hoy, se inspiran en la letra de los versos de Gustavo Adolfo Bécquer para poner en palabras sus sentimientos. Y Sevilla, su ciudad natal, sigue siendo la más poética ciudad del mundo por albergar al más romántico escritor de todos los tiempos.

Rima XXI

¿Qué es poesía? dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul;
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

Rima IV

No digáis que, agotado su tesoro
de asuntos falta, enmudeció la lira:
podrá no haber poetas, pero siempre
habrá poesía.

Mientras las ondas de la luz, al beso
palpiten encendidas;
mientras el sol, las desgarradas nubes
de fuego y oro vista.

Mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías;
Mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!

Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo,
que al cálculo resista.

Mientras la humanidad, siempre avanzando,
no sepa a dó camina;
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!

Mientras sintamos que se alegra el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llora sin que el llanto acuda,
a nublar la pupila.

Mientras el corazón y la cabeza,
batallando prosigan;
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!

Mientras haya unos ojos que reflejen,
los ojos que los miran;
mientras responda el labio suspirando,
al labio que suspira.

Mientras sentirse puedan en un beso,
dos almas confundidas;
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!

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